Estos bichos viven varios años (siete u ocho, creo) en el subsuelo. Ahí no deben ser muy felices porque, pasado ese tiempo, sufren la metamorfosis que las convierte en unas concertistas que ríete de las vuvucelas del Mundial de Sudáfrica. Te ponen la cabeza como un bombo. En ese estado sobreviven seis días o una semana. Y te empiezas a encontrar esos bichos muertos por todas partes. Y no son como una mosca de gordas, no, son como un dedo pulgar.
Eso si, se mueren con estilo. El otro día se nos murió una en un rellano del edificio en el que vivimos, y le saqué una fotillo al cadáver:

Con esas patas cruzadas sobre el pecho, parecía la momia de un faraón, así que la bautizamos como Tutanka-semi. La cosa es que palmó un viernes, y estuvo ahí un par de días hasta que vino el conserje y la señora que limpia el lunes siguiente.
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